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miércoles, 5 de enero de 2011

La bi-sagra


Hoy a la madrugada soñé con ella. Pero no era una asesina serial a la que yo le proporcionaba un dato para que matara a su próxima víctima, como en el primer sueño en el que se me apareció, hace siete meses. En este sueño de hoy era buena. Me abrazaba y me contenía. Y eso me hizo rememorar toda esa historia que fue una bisagra para mí. Pero no me voy a remontar siete meses atrás, sino siete años.
Corría enero del 2004. Habíamos ido de vacaciones con mis viejos a Huerta Grande, Córdoba. Mi hermana menor se había puesto de novia allá -por seis días- con un cordobés que era hijo de una señora que se encargaba de la limpieza del hotel. Antes de volver a Buenos Aires, me enteré, por un amigo del "novio", que él había cagado a mi hermana con una tucumana el último día. Pasó alrededor de un mes y ella finalmente se enteró de la infidelidad de la que había sido víctima y consiguió el mail de la tucumana para putearla de arriba a abajo.
Pasaron cinco veranos y volvimos al mismo sitio a vacacionar. Y ¿quién estaba ahí, sentada en la mesa del comedor próxima a la nuestra? La tucumana tan odiada por mi hermana. Hermosa, pero de novia con un tipo que le llevaba veinte años. Y yo en ese momento también estaba de novia con un chico que me llevaba un año y medio, al igual que ella. No podía dejar de mirarla cada vez que cenábamos, pero la realidad era que cada una estaba en la suya.
Pasó más de un año. Empezó el 2010. Ella soltera, yo también. Me enteré de que se vendría a vivir a Buenos Aires. Y, efectivamente, lo hizo. Un veintitanto de mayo soñé que era una asesina serial a la que yo le proporcionaba un dato para que matara a su próxima víctima. Decidí contarle eso en un mail y, de paso, invitarla a salir. Pasaron tres días y ya estábamos las dos tomando unas cervezas, comiendo picada y contándonos nuestras respectivas vidas en un bar de Recoleta, donde ella se había instalado. Ahí me dijo que era bisexual. Ese día terminamos en su departamento, donde me tiró las cartas del tarot y susurró: "Las buenas compañías". En un momento apagó la luz y se recostó. La besé. Fue mi primera vez con una mujer.
Y así empezaron las salidas, una vez por semana, generalmente. Exposición en el Centro Cultural Recoleta, bar irlandés de por ahí, fuimos al Gaumont a ver "La mosca en la ceniza" y hasta la acompañé a ver "Crepúsculo", donde ella se acoplaba a las pendejas de toda la sala gritando por el lobo o el vampiro, mientras yo miraba a Kristen Stewart. Casi siempre era yo la que la pasaba a buscar por su casa y casi siempre era yo la que atinaba a besarla, a tocarla en el cine, a abrazarla. Empecé a cansarme de hacer todo yo hasta que llegó el 14 de julio. Quedamos en ir juntas al Congreso. Como ella tenía frío, me pidió que fuéramos a un bar a tomar algo. Y así lo hicimos. Ahí me contó sobre un pibe con el que se habían visto hacía unos días y que era muy interesante porque estaba metido en el armado de un nuevo partido político, diferente a todo lo ya existente. Y tiró, así, al pasar, que se había quedado a dormir en su casa.
-¿A vos te gustan más los hombres o las mujeres?- le pregunté.
-Los hombres, lejos. Para que me guste una mujer tiene que impactarme de alguna manera, tener algo especial.
Sí, debería haberme sentido halagada. Pero no me ocurrió. Una vez votada la ley de matrimonio, decidí que ese sería el último que la vería. Y así fue. Yo daba mucho y ella nada, y me cansé. A pesar de que era una buena mina, era muy extraña. Iba bastante seguido a fiestas de otakus, había soñado con el diablo y se había enamorado de él, tenía las marcas de los cortes que se había hecho en las muñecas hacía unos años. Le habían diagnosticado trastorno bipolar y tuvo un abuelo nazi.
No sé por qué soñé con ella hoy. Pero fue una de las porciones importantes del 2010 y, a falta de un balance general de ese año, preferí contar esa historia que, como ya dije, fue una especie de bisagra.

sábado, 30 de octubre de 2010

Ariadna y el minotauro


El otro día soñé con ella y me desahogué traspasándola desde los tejidos oníricos al papel. Desde este laberinto intrincado que es mi cabeza a la simpleza de una hoja en blanco. Ariadna estaba en mi laberinto y mi sed era el minotauro.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

La seño en mi sueño


Ayer soñé de nuevo con ella. Me ocurre muy recurrentemente. Generalmente, sus apariciones son fugaces; tan sólo algunas veces ella desempeña el protagónico en aquellos oníricos escenarios. Desde hace años, una vez por mes (por lo menos) se da el lujo de pasearse por mis tejidos inconscientes nocturnos y mis residuos diurnos también. No sé por qué, no lo puedo explicar: tan sólo fue María Belén, mi maestra de la primaria. Sí, lo sé: fue la mejor, no lo puedo negar. Pero, ¿por qué tanta insistencia?
Con su edad intacta visita mis sueños. Siempre conserva la imagen jovial de señorita de guardapolvo color bordó, de cintas de colores bordeando sus muñecas de tez oscura y de uñas cortadas bien al ras. Pero no desde siempre ocurre esto: fue desde aquel día en que me enteré de que se había mudado a cuatro cuadras de mi casa, con su pareja, Verónica, otra de las maestras del colegio.
Aunque el gaydar de cualquiera la detectaría a kilómetros de distancia, yo de chiquita nunca me lo había puesto a pensar, nunca lo había imaginado. Por más que su vestimenta no era lo más femenina que había visto, y a pesar de que, desde que la conocí, tenía dos hijos adoptivos y nunca se le había conocido novio o esposo; hubiera sido imposible para mí suponerlo cuando era mi "seño".
Al tiempo de la mudanza, me enteré de que Verónica se había embarazado por medio de inseminación artificial y, unos meses más tarde, las vi pasar juntas por Curapaligüe con un cochecito cargado con un par de mellizos.
A partir de ese momento, fue irrefrenable. Ella comenzó con sus apariciones en las noches. Debo aclarar que yo nunca estoy con ella carnalmente; tan solo está ahí, fijada por el hecho de verme reflejada en alguien que fue muy importante durante mi niñez.
Hace un tiempo me puse a buscar el libro "La discusión", de Laura Roldán, que María Belén me había regalado con dedicatoria cuando tenía 9 años. Decía: "Fue un honor compartir este año con vos: una nena tan hermosa por dentro y por fuera. Participar, desde algún lugarcito, del crecimiento de un Sol como vos, es hermoso". Quién hubiera dicho que ella seguiría ocupando ese "lugarcito" siempre, pero en sueños.
Evidentemente, ya transcurrieron muchos años desde la última vez que a ella le pude decir seño. Y ahora, no se por qué, tengo esa extraña tendencia a ir enamorándome -muy platónicamente- de unas cuantas profesoras de la facultad.